Mi hija menor de tres años solía hacer un escándalo en la casa cuando quería ir al baño. "Baño!! bañoo!!, bañoooo!!", empezaba a gritar para alertarnos, entonces quien estaba más cerca de ella tenía la misión de correr y llevarla al baño. En las últimas semanas, sin embargo, empecé a motivarla a que fuera sola cada vez que sintiera la necesidad, y hace dos días finalmente así lo hizo, no llamó a nadie y fue sola al baño.
Yo estaba cerca, y la observé haciendo la tarea solita sin pedirme ayuda. Me quedé sin palabras, "guauu, lo hizo!", pensé, y de inmediato me invadieron sentimientos encontrados. Claro que maravilla, que ya vaya al baño sola y no dependa de mamá ni de nadie para llevarla, pero que pena!, el que necesitara ayuda para ir al baño era la última cosa de bebé que aún le quedaba.
Entonces mentalmente repasé todas las cosas de bebé ya superadas: ya no usa pañal, ni de día, ni de noche, no toma biberón, el chupón es historia hace tiempo, duerme sola de tirón toda la noche, puede comer sola también, habla y se le entiende todo... en suma ya es una niña grande!! Y no pude dejar de sentir nostalgia de la bebé que fue alguna vez.
Así somos las mamás de contradictorias. Cuando estás cansada de llevar un cargamento de cosas cada vez que sales con tu bebé a la calle, pañales, biberones, mudas de ropa, te preguntas cuándo será más fácil todo, cuando ya no das más de fatiga por falta de sueño, cuándo podrá dormir toda la noche de corrido, cuando estás en el supermercado, viendo que los pañales han subido de precio, cuándo dejará los pañales, pero cuando finalmente tienes todo eso con lo que soñabas, "¡ay qué pena, qué rápido pasó el tiempo, ¡cómo quisiera que siguiera siendo un bebé!".
Me ha sucedido que cuando mis dos hijas mayores eran pequeñas y dejaban atrás la teta, el biberón, el chupón, los pañales, etc, no me invadía la tristeza como lo experimento ahora con la última de mis hijas. Con las mayores el deshacerme de los biberones era bueno, significaba reconquistar espacios en los gabinetes, y el no tener que comprar más pañales, representaba un ahorro significativo al presupuesto familiar.
Con la menor, creo que mi primera reacción es querer alargarle los tiempos. Por ejemplo, a las dos mayores las amamanté hasta los 12 meses cumplidos, pero con la tercera prolongué la lactancia hasta los 13 meses. Creo que el destete me costó más a mí que a ella.
Creo que esto es porque al ser la última de mis hijas, y al ser yo consciente que ya no voy a tener más hijos por decisión propia, me entristece pensar que ya no voy a tener más a una bebé en la casa, y que antes que me de cuenta va a estar del tamaño de sus hermanas de 11 y 9 años.
En estos tres últimos años, ha habido varios momentos que me han dado particular nostalgia y pena de que mi gordita crezca, pero qué le voy hacer, es la ley de la vida, y el tiempo pasa demasiado rápido. Mal haría yo en no dejar que evolucione y crezca, que siguiera dándole la leche en biberón, y siguiera poniéndole pañales y siguiera criándola como una bebé.
Creo que eso perjudicaría a cualquier niño en su autoestima, por ejemplo al ver el niño que sus compañeros del nido ya no usan pañales y no toman biberón. Tampoco contribuiría en nada a un desarrollo de su autonomía. Algunos niños a los 3 años son capaces de señalar y de hacer comentarios directos que pueden incomodar: "¿todavía tomas biberón?", "¿usas pañal?".
A mí los momentos que me generaron una lucha interna entre avanzar y dejar atrás, o más bien prolongar y mantener las cosas tal cual, fueron estos:
1. EL DESTETE. Creo que para algunas mamás el destete nos puede ser tan doloroso como para el niño. Con mis dos hijas mayores hice el plan de destetarlas al año de edad, y así fue, sin sufrimientos. Un día estaban tan distraídas que se olvidaron de la teta y no más la pidieron. Con la tercera de mis hijas planeé hacer lo mismo y a la misma edad, pero llegado el momento, yo no podía! Pensaba en que sería la última vez que gozaría de esa conexión tan íntima y sublime que es el momento de amamantar a tu hija, que no más disfrutaría de ver su mirada tan calma y en paz como cuando tomaba la teta, y que ya no más me sentiría tan en sintonía primitiva con la naturaleza en mi condición de hembra que amamanta a su cría. Al final prolongué la lactancia de mi hija menor casi un mes más de la meta que inicialmente me había puesto, y lo hice aprovechando una gripe que me dio y que me obligó a tomar medicinas.
2. QUITAR EL CHUPON. Deshacerse de los chupones, esos aparatitos que fueron tan indispensables para apaciguar a tu bebé o mantenerlo tranquilo, también nos puede dar tristeza a las mamás, especialmente porque los bebitos se ven tan tiernos con él, sobretodo cuando hacen ese movimiento instintivo de succión "chup, chup, chup". Yo he conservado uno de los chupones de mi gorda como recuerdo. Cuando ella lo encuentra, se emociona "mi chupón!!", pero no se lo mete a la boca, sabe bien que su etapa de bebé ya terminó.
3. QUITAR EL BIBERON. Deshacerme de los biberones de mi enana y pasar al vaso de entrenamiento también me dio algo de pena igual que con los chupones, y cuando finalmente lo hice, ella se resistió un tiempo a tomar leche en vaso entrenador, era como si tuviera una asociación tan fuerte de la leche con el biberón, que si no había biberón, no quería la leche. Ah, y también me he guardado un biberón de recuerdo, y cada vez que mi hija lo encuentra, lo mira y lo examina con alegría como recordando lindos momentos del pasado.
4. CAMBIAR EL COCHE CUNA. Cuando tuve que buscar un coche bastón para mi gorda porque ella ya tenía más de un año, y además porque el coche bastón es más ligero y fácil de transportar, me quedé mirando el coche cuna y pensaba: "¿Esto es todo?", "¿se acabó ya?", ¿ya no lo necesitará realmente? ¿Tan rápido dejó de ser bebé?". Y mientras pensaba qué hacer con el coche cuna, hasta se me ocurrió quedármelo como recuerdo! Finalmente lo vendí, pero con mucha nostalgia de por medio.
5. PASAR A LA CAMA GRANDE. Yo no tenía mucho apuro en cambiar a mi hija menor de la cuna a la cama grande, total pensaba por lo menos hasta los tres años podría caber en la cuna sin problemas, además no había ninguna perspectiva de hermanitos que vinieran después de ella, ¿por qué no?. Ya había decidido que siguiera durmiendo en cuna, ella tenía dos años y medio de edad, pero la psicóloga del nido al que asistía me dijo que ya era tiempo que la cambiara a una cama grande. Entonces decidí hacerle caso, pero cuando la cuna salió de la habitación de mi peque, me dio mucha pena, y me pasé algún tiempo suspirando de nostalgia cada vez que veía cunas en avisos publicitarios.
Cerrar la etapa de bebé en la vida de nuestros hijos nos puede causar a las mamás mucha nostalgia, en mayor o menor grado. Como lo mencioné antes, lo he sentido mucho con mi hija menor, y eso fue algo nuevo para mí.
Y tú, mamá, ¿qué actitud tienes ante el crecimiento de tu bebé? ¿Te asalta la pena y la nostalgia? O quizás más bien te sientes aliviada de cerrar etapas? Cuéntame.
Un abrazo.
Carla
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martes, 21 de marzo de 2017
martes, 31 de mayo de 2016
La bebé que se va
He empezado a vender las cosas de bebé de mi piojita. Su cuna, su columpio eléctrico, el moisés, y pronto pondré a la venta el coche, el pack and play, la silla de comer, hasta que mi casa quede libre de cosas de bebés. Por un lado, siento alivio porque me deshago de cosas que mi gorda ya no necesita y que ocupan espacio, pero por otro, siento pena por cerrar una etapa linda que ya no volveremos a vivir.
Creo que esto me pasa porque se trata de la última de mis hijas, porque ya como familia, decidimos que tres son suficientes. Otra cosa fue cuando guardé las cosas de bebé que usó mi segunda hija, ya que lo hice pensando en que en el futuro las volvería a usar. Y con la primera de mis hijas, nunca tuve que guardar nada porque cuando tenía 1 año 5 meses, ya estaba encargando a la segunda.
Así que esta vez no guardo, sino que me deshago de cosas y me da mucha nostalgia. Hace unos días saqué el coche que usaron mis tres hijas del depósito donde se encontraba, porque he conseguido alguien que lo comprará. Me quedé mirando el coche como tonta un buen rato. Un montón de imágenes y recuerdos hermosos pasaron por mi mente, y pensé: ¿y si me quedo con él un tiempo más?.
Cuando tenemos hijos pequeños, las mamás tenemos dos tipos de actitudes respecto de su crecimiento, las que anhelan salir rápido de los pañales, biberones y de toda la parafernalia existente cuando hay un bebé en casa (moisés, portabebé, columpio, monitores, corralito.. ), y las que no tienen ninguna prisa en dejar las cosas de bebé atrás. Yo me cuento entre las segundas.
Hace poco vendí la cuna de mi hija. Pero no fue por iniciativa propia que la saqué de la cuna y la pasé a una cama grande, es más, yo pensaba que siendo la última hija podía mantenerla en cuna más tiempo, sino que fue la psicóloga del nido la que me dijo que ya era el momento de que durmiera en una cama. A mi hija mayor, la saqué de la cuna a los dos años cumplidos, porque en unos meses más iba a nacer su hermana y la iba a necesitar. Y a la segunda de mis hijas no me acuerdo cuando la mudé a una cama grande, pero supongo que no me apuré demasiado porque no había ninguna urgencia.
Cuando finalmente le compré su cama nueva a mi gorda por recomendación de la psicóloga, dejé la cuna aún en su dormitorio mientras esperaba que apareciera un comprador. Mientras tanto, mi gordita la usaba para jugar, se subía ahí con todas sus muñecas y se entretenía sola y feliz. Duró la cuna ahí un mes quizás, hasta que alguien interesado apareció y la vendí. Ahora que ya no está, y veo la imagen de alguna cuna como la de mi hijita en alguna revista o en Internet, he llegado a sentir que ¡extraño la cuna!!
Algo parecido me pasó con el columpio eléctrico, al que mi hijita le tenía mucho cariño y apego. Lo teníamos en su cuarto, y ella lo usaba para mecer a sus muñecas, pero hasta hace poco, a veces se subía en él y encendía las melodías para acunarse ella sola, o simplemente se echaba ahí y se arropaba con una mantita. Bueno, ya lo vendí y ella no se ha dado cuenta, al menos no ha preguntado dónde está el columpio, pero yo he llegado a pensar que debí darle una oportunidad para ¡despedirse de él!!!! ¿Estoy loca??
Parte de mi pena creo que se debe también al apego que mi gorda ha mostrado desde siempre con todas sus cosas de bebé. Le costó el destete, le costó dejar el biberón, luego dejar los pañales. Es como que quisiera seguir siendo la bebita de la casa. Es la tercera hija con seis años de diferencia respecto de su hermana segunda, obviamente ella es la bebé indiscutible de la familia.
Hace unas semanas cuando nos fuimos de viaje de vacaciones, desempolvé el coche bastón de mi gorda para poder movilizarnos fácilmente con la chiquitina en el aeropuerto y durante nuestros paseos. Apenas lo vió, exclamó "¡coche!", corrió hacia él, y quiso subirse de inmediato. Fue como si le alegrara ver el coche y recordar que lo usaba frecuentemente cuando era más chiquita.
Y durante todo el viaje, ella estuvo feliz en su coche. Incluso, en una ocasión cuando estábamos en la habitación del hotel, ella se subió al coche, bajó la capucha que tiene como protección para el sol, y se acomodó para dormir, y de hecho se durmió, por iniciativa propia!, algo inusual, porque normalmente hay que corretearla para llevarla a dormir y ella se resiste y dice que no quiere.
En cuanto a la ropa, el otro día, hice limpieza general en su habitación. Tenía alguna ropa de bebé aún guardada, entonces separé la ropa para guardar y la ropa para regalar. Decidí conservar las cositas que me traen más recuerdos, bodys miniatura de recién nacido que usaron mis tres hijas, conjuntitos, enterizos abrigadores, algún vestidito lindo de 0 a 3 meses, punto. Me provocaba quedarme con más cosas, pero me obligué a desprenderme de lo más que pudiera.
La veo tan grande a mi bebé con sus dos años y ocho meses. Cada vez habla mejor, ya ni quiere dormir su siesta de la tarde, juega con sus hermanas y las amigas de sus hermanas como una más, "Hola fulanita!, chau menganita!", las saluda y se despide de ellas, toda agrandada ella, ¡me da risa!
Pero aún conserva sus cachetes gorditos, la papadita, y su pancita abultada de bebé, aunque no por mucho tiempo. Cuando en cuatro meses cumpla tres años, habrá perdido todas esas redondeces, primero por los tres años (a esa edad el cuerpo de bebé les cambia, se vuelven más largos), segundo porque no es de comer mucho, y tercero por su contextura delgada hereditaria.
Y así que sin cuna, sin columpio eléctrico, ni ropa de 24 meses a menos, lo único que le queda de bebé a mi chiquita es la silla de comer. Su último bastión, su último reducto de baby. Todavía le sirve y lo usamos bastante, aunque algunas veces ya la sentamos en la mesa familiar en silla normal. Pero la silla alta de comer es su trono, y por eso todavía no he pensado en deshacerme de ella. Y me va a costar, lo se. ¡Ayy, cómo me va a costar!
Post Data: No le he comentado a la psicóloga que mi hijita aún come en silla de bebé... Si lo supiera, seguro me diría que ¡la saque de ahí!
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Así que esta vez no guardo, sino que me deshago de cosas y me da mucha nostalgia. Hace unos días saqué el coche que usaron mis tres hijas del depósito donde se encontraba, porque he conseguido alguien que lo comprará. Me quedé mirando el coche como tonta un buen rato. Un montón de imágenes y recuerdos hermosos pasaron por mi mente, y pensé: ¿y si me quedo con él un tiempo más?.
Cuando tenemos hijos pequeños, las mamás tenemos dos tipos de actitudes respecto de su crecimiento, las que anhelan salir rápido de los pañales, biberones y de toda la parafernalia existente cuando hay un bebé en casa (moisés, portabebé, columpio, monitores, corralito.. ), y las que no tienen ninguna prisa en dejar las cosas de bebé atrás. Yo me cuento entre las segundas.
Cuando finalmente le compré su cama nueva a mi gorda por recomendación de la psicóloga, dejé la cuna aún en su dormitorio mientras esperaba que apareciera un comprador. Mientras tanto, mi gordita la usaba para jugar, se subía ahí con todas sus muñecas y se entretenía sola y feliz. Duró la cuna ahí un mes quizás, hasta que alguien interesado apareció y la vendí. Ahora que ya no está, y veo la imagen de alguna cuna como la de mi hijita en alguna revista o en Internet, he llegado a sentir que ¡extraño la cuna!!
Algo parecido me pasó con el columpio eléctrico, al que mi hijita le tenía mucho cariño y apego. Lo teníamos en su cuarto, y ella lo usaba para mecer a sus muñecas, pero hasta hace poco, a veces se subía en él y encendía las melodías para acunarse ella sola, o simplemente se echaba ahí y se arropaba con una mantita. Bueno, ya lo vendí y ella no se ha dado cuenta, al menos no ha preguntado dónde está el columpio, pero yo he llegado a pensar que debí darle una oportunidad para ¡despedirse de él!!!! ¿Estoy loca??
Parte de mi pena creo que se debe también al apego que mi gorda ha mostrado desde siempre con todas sus cosas de bebé. Le costó el destete, le costó dejar el biberón, luego dejar los pañales. Es como que quisiera seguir siendo la bebita de la casa. Es la tercera hija con seis años de diferencia respecto de su hermana segunda, obviamente ella es la bebé indiscutible de la familia.
Hace unas semanas cuando nos fuimos de viaje de vacaciones, desempolvé el coche bastón de mi gorda para poder movilizarnos fácilmente con la chiquitina en el aeropuerto y durante nuestros paseos. Apenas lo vió, exclamó "¡coche!", corrió hacia él, y quiso subirse de inmediato. Fue como si le alegrara ver el coche y recordar que lo usaba frecuentemente cuando era más chiquita.
Y durante todo el viaje, ella estuvo feliz en su coche. Incluso, en una ocasión cuando estábamos en la habitación del hotel, ella se subió al coche, bajó la capucha que tiene como protección para el sol, y se acomodó para dormir, y de hecho se durmió, por iniciativa propia!, algo inusual, porque normalmente hay que corretearla para llevarla a dormir y ella se resiste y dice que no quiere.
En cuanto a la ropa, el otro día, hice limpieza general en su habitación. Tenía alguna ropa de bebé aún guardada, entonces separé la ropa para guardar y la ropa para regalar. Decidí conservar las cositas que me traen más recuerdos, bodys miniatura de recién nacido que usaron mis tres hijas, conjuntitos, enterizos abrigadores, algún vestidito lindo de 0 a 3 meses, punto. Me provocaba quedarme con más cosas, pero me obligué a desprenderme de lo más que pudiera.
La veo tan grande a mi bebé con sus dos años y ocho meses. Cada vez habla mejor, ya ni quiere dormir su siesta de la tarde, juega con sus hermanas y las amigas de sus hermanas como una más, "Hola fulanita!, chau menganita!", las saluda y se despide de ellas, toda agrandada ella, ¡me da risa!
Pero aún conserva sus cachetes gorditos, la papadita, y su pancita abultada de bebé, aunque no por mucho tiempo. Cuando en cuatro meses cumpla tres años, habrá perdido todas esas redondeces, primero por los tres años (a esa edad el cuerpo de bebé les cambia, se vuelven más largos), segundo porque no es de comer mucho, y tercero por su contextura delgada hereditaria.
Y así que sin cuna, sin columpio eléctrico, ni ropa de 24 meses a menos, lo único que le queda de bebé a mi chiquita es la silla de comer. Su último bastión, su último reducto de baby. Todavía le sirve y lo usamos bastante, aunque algunas veces ya la sentamos en la mesa familiar en silla normal. Pero la silla alta de comer es su trono, y por eso todavía no he pensado en deshacerme de ella. Y me va a costar, lo se. ¡Ayy, cómo me va a costar!
Post Data: No le he comentado a la psicóloga que mi hijita aún come en silla de bebé... Si lo supiera, seguro me diría que ¡la saque de ahí!
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